miércoles, 3 de julio de 2013
una leyenda
"y
también cuentan que la reina Sofía, que era joven y todavía no se había
vuelto regañona, malhabada ya avara, disfrutaba de sus paseos en barca
hasta la isla, donde se sentaba la sol y se dedicaba a su secreta pasión
de hacer punto. Aquél era un pasatiempo prohibido en todo el reino, ya
que se decía que inducía a las mujeres a un estado de ánimo
contemplativo en que los rectos pensamientos podían
desvanecerse y ser sustituídos facilmente por la frivolidad. A eso, los
hombres lo llamaban "recoger la lana", es decir, estar en la Luna. Que
la lana pudiera transformarse en prácticos artículos de mercería (...)
no reducía el superticioso temor de los hombres ante las labores de
punto: creían que cualquier gorro podía esconder entre su trama los
ignotos deseos de las mujeres que los habían tejido; y que esos deseos,
que ellos eran incapaces de satisfacer, los atormentarían durante el
sueño con las más tenebrosas pesadillas. En cuanto a las medias, aún les
inspiraban mayores temores, pues las consideraban causantes de la
pérdida de vigor e imaginaban que los pies se les llagarían y que las
piernas se les debilitarían si alguna vez llegaban a calzárselas.
Pero desde el primer momento, la reina había desobedecido la prohibición de tejer, y recibía madejas de hilo de Inglaterra empaquetadas como "plumón de oca". En el fondo de su tocador de ébano estaban escondidas todas las suaves prendas de colores que había confeccionado y para las que, estaba segura, algún día encontraría un buen uso. Solo Elizabeth, su doncella, conocía esa secreta afición, y sobre ella pesaba una amenaza de muerte en caso de que alguna vez se lo revelara a alguien."
Rose Tremain: "Música y silencio" Barcelona, 2002
Pero desde el primer momento, la reina había desobedecido la prohibición de tejer, y recibía madejas de hilo de Inglaterra empaquetadas como "plumón de oca". En el fondo de su tocador de ébano estaban escondidas todas las suaves prendas de colores que había confeccionado y para las que, estaba segura, algún día encontraría un buen uso. Solo Elizabeth, su doncella, conocía esa secreta afición, y sobre ella pesaba una amenaza de muerte en caso de que alguna vez se lo revelara a alguien."
Rose Tremain: "Música y silencio" Barcelona, 2002
miércoles, 5 de junio de 2013
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